16/03/2007

Déjà Vu

Por Max Mejía Publicado en «Arte de Vivir» Marzo de 2007

La política en la frontera se la percibe como un espectáculo malo que reúne a un electo de actores similar. Lenguaje y escenificaciones de esta índole son tenidos de antemano por tramposos y oscuros. Empero, las reacciones, rechazos y adjetivos aquí hay que tomarlos también con doble significado: sincero hartazgo ciudadano ante una clase política que se sumerge en la decadencia, pero a la vez un pretexto inmejorable para evadirse y dejar que el espectáculo siga.
El síndrome de guácala, me borro de tu show, no es precisamente marca fronteriza, pues por ahí anda el pesimismo global, nomás que aquí tiene forma de estampida masiva y fugaz.
Jorge Hank Rohn entró a la alcaldía de Tijuana con un abstencionismo del 64 por ciento y el panista Elourduy es gobernador de Baja California con el 14 por ciento del padrón. Los números los delatan. Hablando en términos de legitimidad elemental, esto es el 50 por ciento más 1 de la ciudadanía acreditada, se trata de procesos electivos y de gobiernos que confirman, al hilo, la anchura de los huecos de la ley en México y también una gran ironía: la esquina norte del país que inició la fractura de la “dictadura” tricolor no se la puede dejar que se siga por la libre. ¿De cuando acá un territorio de dudosa mexicanidad y ciudadanía volátil le marca el destino a un país dominado por tradición e inercia por centro y sur? Los “nuevos” políticos locales se disciplinan: la euforia democrática debe quedarse en ilusión (que los decepcionados del cambio desalojen la pista), porque a partir de ahora el poder del dinero, los recursos del gobierno pospriísta y, desde luego, la magia de la tele, serán los que tomen las decisiones.
Descontando a los electores duros y comprables en el mercado negro de los partidos gobernantes y ex gobernantes, las adhesiones y deserciones masivas de los fronterizos provocan todo tipo de confusiones entre politólogos y estudiosos de las tendencias ciudadanas, pero sin duda los partidos ante las segundas, han encontrado la clave para sobrevivir. Nuevas mañas aliancistas y nuevas estrategias mercadotécnicas para aparentar que, fuera de algunas desavenencias, el amor sigue en pie.
Escritores de la frontera sostienen que sitios como Tijuana, Mexicali, Ciudad Juárez y anexas- producen atmósferas sociales indescriptibles por confusas y volátiles, dando por resultado individuos (y ciudadanos, hay que agragar) similares. Ensayistas como Heriberto Yépez (Made in Tijuana, Tijuanologías) y Felix Berúmen (Tijuana la horrible), describen una realidad que flota entre la verdad y la imagenería.
Berúmen supone que el exotismo asociado a Tijuana está basado y es producto de mitos, derivados de hechos del pasado y del presente, los cuales a fuerza de ser interpretados y vueltos a interpretar darían pie a la formación de aquellos. Aunque al entrar en materia, el escritor más que confirmar la verdad de esos mitos, aterriza en una ciudad que es, esencialmente, un conjunto desordenado de referencias y hechos históricos, de los que resultan muchas interpretaciones, a las que --inferimos nosotros-- mueve el interés de confundir, de revolver y de borrar huellas y contextos. ¿Con qué fin? Las fortunas acumuladas a la sombra de esos hechos, necesitan argumentos, tiempo para adecentarse. Tijuana, ciudad incierta que no acaba de reconocerse entre el trajín de los que la habitan y los que la cruzan hacia Estados Unidos, es paisaje adecuado para catalizar los demonios de la mala conciencia.
Más franco, Yépez nos coloca de golpe ante la ciudad tal como es; inventada, cierta y falsa, es lo que es. La suya es una descripción sin make-up: Mexicali, un infierno del que nunca se puede salir; Tijuana y tijuanenses, la gran ficción; comportamientos que rayan en la esquizofrenia, tensión intercultural sin tregua, fisión, representación actoral irremunerada, el performa continuo, un rap de todos los ruidos de la frontera.
En el video escritural de Yépez nadie se salva. Tijuana, tijuanos y tijuanólogos son pasados a cuchillo pero también son un pretexto para hacer lo mismo con el D.F., los gringos y los autores de teorías que le han han puesto a Tijuana las etiquetas de sociedad híbrida, fusión bicultural, síntesis de México y Estados Unidos. Para Yépez, Tijuana es seductora, narcótica, adictiva pero a fin de cuentas también una amante inconquistable. Es todo lo que se dice pero al mismo tiempo es otra: revoltura cultural en tensión continua con norte y sur, diversidad que se vive entre contradicciones abiertas. Ahí hasta la homosexualidad (41 clósets) es un cliché detrás del cual no hay nada que pueda ser tenido por diferente ni definido.
Acaso por la cercanía con Tijuana, Rosarito, Tecate y Ensenada no logran tener un lugar propio en la foto.
¿Cómo se traduce esto en política?
Confundida entre la porosa vida fronteriza, hay una segunda estructura social que corre dentro de aquella y que la somete y regentea. Esa sí ordenada y tangible como definidas son sus ambiciones y adicciones. Aparentemente reflejo de la otra para pasar como igual, reúne un mosaico de personalidades también de ficción pero ciertas: figuras de la clase política que se revuelven con mafiosos, jerarcas del clero que lo mismo dicen misa que negocian con el mundo terrenal, conservadores de clase alta -y media obsesionada en dejar de serlo- que igual cohabitan con modernos delincuentes que desaprueban a la raza que se mete las drogas que aquellos distribuyen y gobernantes… agrégueles usted el currículum.
¿No es un bello grupo? Imaginémonos por un momento que los medios se deciden a destapar la cloaca. Lo primero que comprobaremos es que la inseguridad pública, el crimen organizado, la maniaquez policiaca y el flagelo económico no son los embrollos indescifrables ni el mal congenito del territorio BC que este grupo nos ha vendido a cambio de beneficiarse con el negocio redondo de nuestro pasmo.
Las maniobras de poder siguen siendo, con algunas adecuaciones, las mismas que hace diecisiete años. Como en aquellos tiempos, los bajacalifornianos caminan hacia una confrontación electoral rodeada de trampas y oscura. Y como entonces, los ciudadanos otra vez están ante la disyuntiva de no votar y dejar que los pocos decidan lo que sea. O bien, hacerlo por un opción distinta y mandar al diablo tanto lo malo como lo peor.

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